miércoles 10 de marzo de 2010

Ahí va: patea; su pierna roza otra pierna rival y la pelota va, confusa, a serenarse adentro del arco. Sin más preámbulos la gente se agita, ruge, inflama el aire con el gol. Llueve tanto que en la tarde hay más preguntas que otras cosas. Pero están ahí, gritan el empate y siguen alborotadamente el andar del goleador sin vencimiento. Tratan de gritar más fuerte para que el gladiador embarrado los escuche, pero no: el sigue una carrera plena mirando al cielo, Se besa el antebrazo y mira siempre al cielo. Detrás el rugido que lo envuelve; él los mira, les levanta el brazo y golpea su corazón con el puño cerrado.
La gente no lo piensa, simplemente lo quiere. Lo adoran como a un tótem moderno, que derrocha algo. Saben que derrocha goles pero hay algo más que los une. Es más, a varios de ellos, la friolera de tantos desparramados por cientos de canchas no es lo que los entusiasma, sino que es eso que está más acá.

Es que se mueve bruscamente, choca, se cae. Corre exageradamente, navegando largas yardas de pasto. Lo golpean y sin quejas se levanta. Y cae nuevamente. Y a veces la pelota le queda ahí, hasta puede sentir los el andar apelotonado de la sangre del arquero que espera sin defensa el golpe final. Y él patea y la pelota se va a distancias siderales para entrar en un cosmos de carcajadas propias y ajenas: se da media vuelta y corre hacia atrás. La próxima.
Va de acá para allá pero la pelota no le llega. La mira desde lejos y la llama bajito. Se inquieta. Pero su marcador se equivoca, le da una luz de ventaja y el goleador ve el vacío como un paraíso. Corre. Corre. Siente la respiración del defensor tratando de borrar su error. Pero él corre, levanta la mano y el por la derecha viene el centro.

La gente se calla ¿Por qué se callan? Pareciera que me dejan solo, lo tengo que hacer bien si o si. Sigan hablando carajo, sigan en lo de ustedes que me arreglo. Pero no, siento que me miran. Hablen.

El aire se acorta entre la pelota y sus ojos. Salta tan alto como puede, tan rápidamente como lo dejan sus piernas exhaustas. Luego del frentazo y el golpe del marcador buscando molestarlo , mientras cae mansamente al césped, la gente se interrumpe en el silencio y le avisan que sí, que él, Martín Palermo, será el goleador por siempre.

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